Huerta Clarita y su fascinante diversidad en la cuenca del Alberche

Clara García, la propia Clarita, emprendedora, curiosa e incombustible lleva toda la vida cultivando la tierra. Su objetivo es enseñar al consumidor lo que come y que éste sea consciente de lo que está poniendo en el plato.

A 60 kilómetros de Madrid, en Villa del Prado, encontramos Huerta Clarita, una finca de agricultura sostenible en la que se cultivan más de 120 variedades diferentes de fruta y verdura y alguna que otra sorpresa.

Alimentos tan curiosos como acelgas rojas, calabacines redondos, calabazas peregrino que llegan a medir dos metros, sisho y muchos otros se encuentran en esta huerta. A simple vista lo primero que la diferencia del resto es que las hierbas no han sido recogidas como es costumbre por la zona. Otra diferencia es la cantidad de variedades que podemos encontrar, ya que el lugar, tradicionalmente, se ha dedicado al monocultivo. Lo que comenzó con unos árboles frutales, y el deseo de crear una cooperativa que nunca se llevó a cabo, hoy es una huerta de 10 hectáreas en la que trabajan tres personas a diario y hasta cinco en temporada. Cuando arrancó eran pocos los que apostaban por ella. La manera diferente de cultivar no convencía a los autóctonos y algunos aseguraban que se cometían locuras que no darían frutos. Gracias a esta forma diferente de hacer las cosas podemos encontrar peculiaridades como albahaca morada que desprende un suave aroma a hierbabuena y a canela.

Experimentos en el huerto

Cuatro veces al año se realizan jornadas de puertas abiertas para que todo el que quiera se acerque a conocer la huerta. Su objetivo es enseñar al consumidor lo que come y que éste sea consciente de lo que está poniendo en el plato. Desde aquí se explica que la mejor inversión que podemos hacer está en la mesa: “lo que metes en el cuerpo es lo que vas a ser y determina cómo vas a evolucionar”. Nos explican, además, que los productos químicos han traído muchas enfermedades y que los productos naturales no deben considerarse una medicina, si no una cotidianeidad.

Colaborando en la huerta podemos encontrar personas de todos los rincones del planeta y es que participan con plataformas de economía colaborativa como Couchsourfing o Workaway. Más allá de intercambiar mano de obra por hospitalidad y naturaleza fomentan el enriquecimiento personal y profesional conociendo y dando a conocer otras culturas y maneras de vivir. Muestra de ello es que muchos voluntarios llegan con semillas procedentes de sus lugares de origen y así se enriquece la huerta. Además se realiza trueque de semillas con otros agricultores fomentando que éstas vayan de mano en mano y se puedan conocer productos nuevos.

De esta manera han llegado a cultivar 120 especies diferentes. Algunas vienen de muy lejos, otras de Extremadura y otras son “pequeños experimentos de cosillas interesantes” según nos cuentan. Y para esto el tomate autóctono de la zona de Villa del Prado ofrece muchas posibilidades, por ser un fruto sin hibridar.

Una hortelana nada típica

Clara García, la propia Clarita, emprendedora, curiosa e incombustible lleva toda la vida cultivando la tierra. En el campo siempre ha estado su felicidad y tan consciente es de ello que afirma que preferiría morirse de hambre antes que cambiar de trabajo. Extremeña de nacimiento, afincada en Madrid, recuerda cómo de pequeña iba detrás de su madre regando sus plantas, enamorada de lo que hacía. Hace más de 17 años comenzó a vender sus productos utilizando una guía telefónica, cuando aún eran pocos los que se interesaban por la agricultura ecológica. A día de hoy, gracias a la concienciación popular de que somos lo que comemos, reconoce aliviada que su trabajo es más llevadero.

Se define a sí misma como una persona curiosa, inquieta desde niña, a la que le cuesta entender que los demás no tengan ganas de descubrir nuevos alimentos en la mesa. Es por eso que ella está encantada de explicarles a sus clientes en el mercado. Además es una enamorada de las calabazas y se nota, porque aunque sólo comercializa tres variedades, en la huerta cultiva hasta 22. Como anécdota nos cuenta que sus platos de carne los suele acompañar con mermelada de calabaza, tomate, pimiento y cebolla. Cuando le preguntamos por las gallinas, cabras y ocas que le acompañan ella responde que “una huerta sin animales no es una huerta”. También nos cuenta que es mucho más sencillo comercializar huevos, de hecho, en más de una ocasión se ha planteado dedicarse exclusivamente a ello pero nunca llega a hacerlo porque reconoce, con una sonrisa, que la huerta le tira mientras dice con una sonrisa “la tierra es lo mío”.  

La huerta en la ciudad

En la tienda que tienen en Madrid, en Avenida Padre Piquer 49, se pueden encontrar sus  productos. En Villa del Prado no cuentan con establecimiento por tratarse de una zona de agricultores, pero en la capital abastecen a los vecinos de Aluche, quienes le han propinado una gran acogida. El excedente de producción va destinado al Banco de Alimentos y para hacer conservas para luego venderlas. Como dato curioso, hace dos años, Clara llegó a envasar ella sola más de 500 kilogramos de tomates y es que durante el verano huye del calor vespertino del campo aprovechando para elaborar las conservas. Por la mañana temprano trabaja en la huerta hasta las 12. Para aprovechar el día se levanta a las cuatro de la mañana y nunca se va a la cama antes de las 11. Si algo queda claro después de conocer su historia y su huerta es que la pasión y el amor por lo que a uno le gusta hace que no haya nada imposible.

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